El entorno construido es un medio primario para las técnicas de establecimiento, legitimación y reproducción de ideología a todos los niveles,
desde la casa a la ciudad
Kim Dovey
Sabemos que nuestro cuerpo es una unidad de medida y de proporción esencial, y que construimos nuestro entorno en base a dichas medidas. Así, no sería descabellado embarcarnos en una teoría que considerase la vida humana como centro del origen del espacio.
Hans Joachim Albrecht y O. Friedrich Bollnow proponen dos formas diferentes pero similares que tiene el ser humano para relacionarse con el espacio. En ambas, el sujeto se sitúa como epicentro de un espacio fenoménico que ordena su entorno de forma concéntrica, creando una serie de anillos que delimitan el espacio vital.
Albrecht propone un modelo básico que incluye tres actitudes, conceptualmente diferenciables entre sí, del hombre con respecto al espacio y, por consiguiente, al mundo exterior en general:
a)una relación vital y elemental
b)una relación pragmática
c)una relación orientada sobre el conocimiento
Estas tres relaciones con el espacio guardan una conexión interna, se condicionan e influyen mutuamente.
Bollnow, en cambio, parte del análisis de la palabra “habitar”. Con el hecho de “habitar” se caracteriza la situación básica e idónea del hombre en el espacio. Significa, concretamente, en primer lugar que el hombre
1.pertenece a un sitio determinado y está radicado en él, y que
2.está seguro o protegido por este hecho
Estas dos características del habitar, llevan a Bollnow a desarrollar un esquema, paralelo al de Albrecht, de tres formas de espacio propio:
a)el espacio propio del cuerpo
b)el espacio de la propia casa o de la propia vivienda, que puede considerarse como ampliación del espacio propio corporal
c)el espacio circundante general
Para ambas teorías, la relevancia del sujeto y del cuerpo es de suma importancia, ya que el propio sujeto es la principal forma que tenemos de relacionarnos con el espacio que nos rodea y nos envuelve. En los dos casos, la relevancia del espacio vital reside en la posibilidad de indicar una zona central, un centro el que se refieren todas las orientaciones y que asegura una constante localización del ser humano en su entorno.
Así , el sujeto se sitúa en el centro de toda su experiencia en el mundo. Este centro u hogar es el que hace posible y determina los verbos “avanzar” y “retroceder”. Partiendo de la existencia de una vivienda única para cada persona, este lugar se convierte en la primera referencia para cada movimiento del ser humano. Al mismo tiempo, las características intrínsecas de cada vivienda y, en consecuencia, de cada espacio vital tendrán una gran importancia, ya que su función antropológica consiste en proteger y asegurar el ser humano contra el amplio y amenazador mundo exterior. La casa se convertirá, de este modo, en la diferencia entre un interior seguro y un exterior inseguro. Cuanto más espacio exista entre un individuo y un espacio exterior, más segura será su permanencia en su espacio vital. Como consecuencia, el espacio se convierte en una posesión, en algo que hay que conseguir para protegernos del mundo exterior, del peligro. El espacio se compra y se vende; el espacio pasa a ser una facultad del poder.
Aquí la arquitectura juega un papel transcendental. De inmediato se puede adivinar el estatus social de una persona al ver su vivienda. En este sentido, nada o mucho tienen que ver dos obras: la Casa de la cascada (1939) de Frank Lloyd Wright y Homeless Vehicle (1988-99) de Krzysztof Woodiczko. Ambos autores proponen un lugar para vivir, un espacio vital propio; supuestamente, lo necesario y apropiado, lo lógico tal vez, antropológicamente hablando. No obstante, la diferencia entre uno y otro es abismal ya que el posible usuario de cada obra se sitúa en los extremos opuestos de la estratificación social.
Entendiendo la ciudad como reunión de múltiples espacios vitales o viviendas, se incorporan a este discurso conceptos como ciudades sostenibles, arquitectura sostenible o densidad urbana. Dichos conceptos son los que analiza Richard Rogers en Ciudades para un pequeño planeta (2000), proponiendo nuevos modelos de ciudades y nuevas formas urbanísticas, advirtiendo la problemática que supone un desarrollo urbano insostenible.
Atendiendo a las palabras de Copérnico, la esfera es el cuerpo que contiene a todos los demás y la que tiene mayor capacidad; nuestro planeta tiene, por inmensa que pueda ser, una capacidad limitada, y más atendiendo a que sólo una cuarta parte del mundo es tierra firme.
Rogers, entre otras cosas, propone un modelo de ciudad basado en nodos compactos de uso mixto que disminuya las distancias entre las diferentes zonas de actividad, de este modo se economizaría el espacio y tiempo y se reduciría el uso de vehículos, permitiendo a los ciudadanos ir andando o en bicicleta.
El título del libro de Rogers ya nos invita a pensar que el espacio del que disponemos no es ilimitado y que hay que intentar ordenar la inmensa cantidad de espacios vitales independientes e individuales de forma que todos podamos disponer de ese espacio con plena libertad pero que la suma de tantos espacios no interfiera en los demás ni implique la destrucción o degradación de nuestro planeta. Esta interacción entre los espacios propios es lo que se llama densidad urbana.
En este terreno, los arquitectos Elisabeth Sikiaridi y Frans Vogelaar llevaron a cabo un proyecto para estudiar los espacios públicos a partir de la propia identidad del ser humano. Idensity® resulta de la combinación del estudio de densidad (density) y del estudio de identidad (identity). Idensity® integra el concepto de densidad (densidad de conexiones, densidad de infraestructuras física y digital, densidad de espacios de comunicación, etc) con el concepto identidad (políticas de imagen, marcos urbanos, etc). La conmoción a nivel mundial causada por programas televisivos como Gran Hermano, donde se pone en cuestión el espacio íntimo y personal, es uno de los casos que se incluye en Idensity®.

