Las ciudades están hechas de deseos y de miedo
Italo Calvino

Al abordar la relación que existe entre la ciudad y la sociedad que la habita, me viene a la memoria una pregunta de índole popular: “¿qué fue antes: el huevo o la gallina?”. Siguiendo los planteamientos de Henri Lefebvre, Fernando Gaja i Díaz propone que el espacio urbanizado contemporáneo es la más fiel representación de nuestra sociedad. Por tanto, según mi lógica, cabría resolver y/o analizar cómo es la sociedad en la que vivimos, cuáles son sus características, qué tipo de manifestaciones espaciales requiere y, por último, cómo esta sociedad transforma o modifica la ciudad. Sin embargo, podríamos escribir miles de páginas debatiendo sobre este asunto, estudiándolo desde múltiples perspectivas y sobre innumerables casos diferentes según el contexto socio-político e histórico en el que se encuentren. Y a pesar de ese magno esfuerzo, quizá no conseguiríamos llegar a ninguna conclusión concreta pues la y las sociedades resultan un entramado complejo de enfoques, influencias, herencias, intereses y proyecciones de futuro. Quizá esto sea el motivo por el cual tendemos a diseccionar el tema comenzando por el poder, pensando que el poder dirige, el poder ordena o el poder nos hace ser como somos. Usando el símil de la televisión o del consumo de productos, solemos pensar que son ellos quienes deciden nuestros gustos, lo que queremos comprar o ver, cómo y cuándo lo vemos o compramos. Pero este sentimiento sólo muestra nuestra incapacidad o in-voluntad para pensar que somos nosotros quienes realmente decidimos. Nos sentimos más cómodos cuando pensamos que no tenemos responsabilidades y, por tanto, podemos señalar con el dedo y culpabilizar al otro de nuestras propias decisiones. Olvidamos constantemente que lo que vemos en la televisión o lo que compramos en las tiendas responde a estudios de mercado basados en encuestas a personas como nosotros, a nuestros vecinos, padres o amigos y que, por lo tanto, somos nosotros quienes comunicamos a los otros qué es lo que queremos ver y qué es lo que queremos comprar. Incluso con nuestras opiniones y hábitos, podemos cambiar el transcurso de una serie de televisión o eliminar productos de las estanterías de los supermercados. Pero esto duele, requiere autocrítica y esfuerzo por reconocer que el sistema depende de nosotros, que debemos ser responsables y admitir que nuestros actos influyen en nuestro entorno.
Y lo mismo ocurre con el poder. Es más fácil criticar y alzar la voz cuando ellos hacen algo mal, que reflexionar y meditar sobre qué mundo queremos y cómo queremos conseguirlo para ser partícipes a la hora de elegir a quienes nos representan. Porque, además, ellos son personas como nosotros, no son una máquina que actúa sola. Serán conservadores o progresistas, republicanos o monárquicos, hombres o mujeres de carne y hueso, con herencia cultural e ideológica propia. Incluso cualquiera de nosotros podría estar en su lugar. Por tanto, no podemos eximirnos de ningún tipo de responsabilidad porque somos nosotros, la sociedad, los que directamente hacemos el sistema tal y como es. El poder somos nosotros. De la sociedad es la capacidad para definir y controlar las circunstancias y los acontecimientos que pueden influir para que las cosas funcionen en la dirección de nuestros propios intereses.
Por todo esto, y utilizándolo como punto inicial, la sociedad debería hacer autocrítica y cuestionar el estado de bienestar que hemos creado. Un estado de comodidad prioritaria que oculta unas raíces débiles, que impiden crecer y avanzar, que facilitan la labor de aquellos que obran por sus propios intereses sin importarles el bien común. Si estas personas existen, es porque nosotros hemos facilitado su existencia. El inconveniente, es que no existe un estado modelo al 100% que sirva de ejemplo; la humanidad, como un proceso y empresa interminable, sólo conseguirá ser un boceto de sí misma sin llegar a una obra final. Pero, nada más lejos de la realidad, esto no debe someternos y proponer una utopía más, sino debe ser la semilla que germine en un colectivo crítico, reflexivo, capaz, autosuficiente y responsable. Debemos asumir que el estado de bienestar y la falsa clase media consumista no son un modelo humano eficaz ni efectivo. Tras él, se esconden las verdaderas manos que mueven los hilos, cual marioneta en un teatro chino representando una realidad paralela, que ciega al mundo y lo marchita, generando una retroalimentación insostenible humana, ecológica y económicamente. Confundimos el progreso y la auto-realización con un arsenal de objetos efímeros (como lo es el dinero) sobre los que creemos reflejar nuestra propia personalidad, criticando al mismo tiempo a quienes los fabrican por generar capital y beneficios con nuestras falsas ilusiones. Todo es un simulacro. Todo es una doble realidad en la que, paradójicamente, la solución reside en la otra dimensión, tal y como plantean los hermanos Wachowski en la trilogía Matrix, salvar al mundo depende de arreglar lo que hemos creado.
Puede que mi discurso sea fácil y resulte poco analítico, pero mientras sigamos escuchando las ya conocidas “a mí la política no me interesa” o “todos los políticos son iguales”, el poder (ellos + nosotros) seguirá paseando alegremente como Don Quijote por La Mancha. Mi corta experiencia me ha enseñado que la sociedad depende de los miembros que la componen y que es la voluntad de éstos la que marca el rumbo. A veces, no obrar es obrar mal.

Una vez hemos dejado que el poder actúe por sí solo como un ente independiente al resto de la humanidad, el resultado es la ciudad Celebration, en la que todo está pensado y proyectado para albergar a una sociedad que ya existía, pero que necesitaba una infraestructura concreta. El experimento, si se me permite la expresión, pone de manifiesto que el huevo fue antes que la gallina; la sociedad antes que la ciudad. Un poder, sometido a una serie de principios e intereses privados, fabrica un espacio exclusivo para un conjunto de ciudadanos asociados al estado de bienestar, partícipes del desencuentro entre lo conocido y lo desconocido, vigilados y auto-vigilados, obligados a vivir en una aparente felicidad global donde todo está planificado y nada es aleatorio. La homogeneidad y la uniformidad se adueñan de cualquier tipo de vida; como moldes en una factoría cuya función es crear seres cada vez más iguales. Un lugar o no-lugar, según se mire, donde reina la simulación; donde nada es lo que parece; donde el hecho de vivir allí te convierte en vigilante y vigilado. Es aquí, donde la arquitectura expresa su más fiel servicio al poder oculto tras las paredes, las calles y el mobiliario urbano.
Para bien o para mal, el resto de ciudades de este planeta se están convirtiendo en Celebration, aunque sin el falso sentimiento de felicidad. Avivadas por los atentados del 11 de Septiembre de 2001 en Nueva York o en 11 de Marzo de 2004 en Madrid, las ciudades se han convertido en un fortín donde cualquiera es víctima y verdugo. Además, si tenemos en cuenta la democratización de los flujos humanos, el intercambio de personas entre países y culturas abre un nuevo frente a la hora de valorar y establecer un juicio sobre la relación entre diferentes etnias o formas de interpretar la realidad. Los valores humanos, las ideas, los pensamientos viajan con nosotros dejando su huella allí donde vamos y viéndose influenciados por lo que hemos visto y vivido. Y este intercambio, este contacto con los otros da la alerta para la supervivencia; mantener intactos unos ideales, implica negar u obstaculizar el contacto con otros. A pesar de que, en Europa, nos esforzamos por eliminar fronteras físicas, existen otro tipo de barreras o límites no tangibles pero más hondamente arraigados. En otros casos, en otros países, vemos el caso opuesto: las diferencias personales generan muros y fronteras arquitectónicas que dividen y separan a la población. Así pues, cuando parecía que teníamos la capacidad para avanzar y seguir caminando, diferentes intereses económicos, políticos o religiosos dan freno a la evolución creando nuevas distopías.
Y si todo esto, lo aplicamos al nuevo espacio global, Internet, el asunto toma una dirección completamente nueva. El cuerpo, como referencia arquitectónica, pierde su estatus para dejar el camino a una extensión de él mismo y de la mente. Los objetivos disciplinarios de la arquitectura pierden valor; la observación y el espionaje se transforman. El control del espacio-tiempo que buscan y proyectan los cuerpos de cemento, cristal y acero se disuelven en la red, dando lugar a nuevos sistemas panópticos que también encuentran su propia extensión en la virtualidad real. Internet, per se, es la estructura perfecta para el poder incorpóreo, ya que puede habitar en cualquiera de los rincones de una red aún desconocida, cuyo alcance sobre nuestras propias vidas está por determinar.
Tal y como anticipaba anteriormente, propongo la sociedad de bienestar como el punto inicial de mi reflexión sobre la relación entre la arquitectura de una ciudad y el conjunto de personas que la habitan. Del mismo modo, considero dicha sociedad como la fuente de gran parte de los miedos sociales a los que nos vemos expuestos y aprendemos.
Es obvio que existen muchas clases de miedos. Incluso podríamos plantear, a grandes rasgos, que hay miedos buenos y miedos malos. En un programa de televisión, Eduard Punset comentó que gracias al miedo el ser humano continuó su evolución hace miles de años, ya que ante la amenaza de un depredador, aquel homo primitivo quedó paralizado por su miedo, siendo ignorado por el animal. Estaríamos hablando, en este caso, de un miedo bueno. Pero existen otros miedos aprendidos y generados por el propio ser humano que deberíamos cuestionar su relación con la supervivencia. Pensar que la xenofobia o el miedo a los inmigrantes es algo racional pues nos induce a creer que su presencia va a menguar nuestras posibilidades de progreso, me resulta igual de despropósito que el hecho de que el ser humano pise la Luna. ¿A caso el inmigrante no tiene miedo de nosotros por vivir en unas condiciones, a priori, más favorables? ¿a caso el inmigrante no tiene miedo a sentirse rechazado? El miedo es mutuo, aprendido y, quizá, autoinducido.
En la sociedad agrícola se tenía miedo de los animales e insectos que destrozaban las cosechas; en la sociedad industrial, se tenía miedo de no encontrar un trabajo alienante pero con grandes esperanzas de progreso gracias a la fuerza de la máquina; en la sociedad post-industrial y del bienestar, tenemos miedo a todo, pues todo resulta una amenaza sobre aquellos bienes materiales que nos hacen sentir seguros y que tanto esfuerzo nos han costado conseguir, más aún con el dominio de la precariedad laboral.
¿Sigue siendo el miedo un acto de supervivencia natural? ¿o hemos convertido el miedo en una excusa para defender cualquier agresión (física o no) a nuestra propia sociedad? La aceptación de los medios de control y vigilancia con el pretexto de que velan por nuestra seguridad, es un éxito rotundo de quien maneja dichos medios. No planteo, aquí, un poder exclusivamente político, pues existen otro tipo de poderes, como el económico, interesados en el control y vigilancia de cualquier aspecto de nuestras vidas.
Si asumimos fiel y dócilmente que cualquier poder defiende nuestra seguridad, estamos otorgando capacidad plena para invadir el espacio público y/o convertirlo en privado, de forma que cualquier amenaza exterior quede aniquilada y los flujos y movimientos sociales queden totalmente sometidos a una disciplina preconcebida. A su vez, los medios de control tienden a fragmentar la experiencia colectiva con el fin de abolir, posteriormente, la individualidad personal mediante una arquitectura descomunal, que empequeñece y elimina la presencia del individuo. Claro ejemplo de esto es la fantástica película de Pixar Studios, Wall-E (2008). En ella, el ser humano ha tenido que abandonar el planeta a causa de la insostenibilidad ecológica de su modo de vida para trasladarse a una nave de dimensiones inhumanas que viaja por el espacio. La experiencia individual se ve reducida a una simple pantalla holográfica instalada en unos asientos que se mueven automáticamente a través de unos flujos perfectamente ordenados. Su única actividad es comunicarse con sus conocidos por dicha pantalla como si de un Chat virtual se tratara y consumir todos y cada uno de los productos que se les ofrece a lo largo del día, marcando las horas de las comidas de forma estricta y rigurosa. El contacto –físico- entre ellos es nulo, igual que la experiencia del entorno en el que viven. Incluso los periodos diurno y nocturno son programados por la nave. Como vemos, la ciudad se convierte en una experiencia de tránsito, de constante movilidad y nula interacción entre sus habitantes. Quizá, la nave Axiom sea el ejemplo perfecto de no-lugar.
Como se puede ver en la película, el control del espacio-tiempo es absoluto. El poder gobierna, dirige y programa. Nadie cuestiona su vigilancia, incluso sin existir amenaza alguna pues todos viven con plenas comodidades sin necesidad de esfuerzo para conseguirlas. El estado de bienestar es completo, pleno e indiscutible.
El siguiente paso, después de asumir de forma natural la vigilancia, es formar parte de ella, ser vigilante o auto-vigilante. Ante la posibilidad de cometer una infracción o acto ilegal, si soy consciente de que nos vigilan de algún modo, dudaremos hasta abortar la acción. Ahora bien, una vez sabemos que pueden vigilarnos y eso es una opción constante, la posibilidad de cometer dicha infracción cesa de inmediato. Como ocurría con el proyecto de Jeremy Bentham, asumir la vigilancia implica vivir acorde a esa vigilancia, sea real o no. Nos convertimos, pues, en nuestro más eficaz vigilante ya que convivimos con nosotros mismos durante las veinticuatro horas al día, los 365 días del año. No existe medio o manera más efectiva que ésta. Ni siquiera el Departamento de Precrimen de la película Minority Report (2002) resulta, al final, tan efectivo. Algo similar ocurre en la película del director Richard Linklater, A Scanner Darkly (2006), en la que Keanu Reeves trabaja para una empresa que lucha contra la sustancia M, una droga muy extendida y que anula toda capacidad de respuesta del cerebro. Durante la película, su misión en la empresa es vigilar a través de unas cámaras el interior de una casa donde, según la empresa, vive un traficante de sustancia M. Ese supuesto traficante, es él mismo pero, dado que él también es consumidor de la sustancia, le resulta difícil comprender que se está auto-vigilando. El protagonista, dada su condición de adicto, acaba en un centro de rehabilitación, Nuevo Amanecer. Lo que el personaje de Keanu Reeves descubre es que dicho centro es el mayor productor de la sustancia M. La película no sólo ejemplifica el éxito del poder al conseguir que seamos nosotros mismos quienes permanezcamos en constante alerta frente a nuestras propias acciones, sino que crítica al sistema al considerarle tanto productor del mal como salvación; la película recrea un poder cuya intención es atacar directamente a la mente de las personas para que, después, éstas se sometan a sus órdenes.
Vemos, de este modo, que los sistemas de control y vigilancia responden a unos intereses concretos y particulares, que no debemos aceptar o asumir su invasión a costa de crear en la sociedad una sensación de vulnerabilidad. Si bien es cierto que, en algunos casos, las cámaras de vigilancia han ayudado a resolver y arrestar a los autores de actos incriminatorios, no podemos consentir que, bajo esta premisa, nuestra individualidad, intimidad e inocencia se vean corrompidos por la falsa idea de que todos somos criminales en potencia, tal y como ocurre en el trasfondo social de la vigilancia vía Internet de la frontera entre México y EEUU. En este caso, el poder simplemente crea la infraestructura necesaria para incriminar al otro, dejando que nosotros tomemos la decisión de quién es el malo y quién no lo es.